Una de las preocupaciones más grandes en este período de la historia está relacionada con la mala gestión de las finanzas familiares; una reali-dad a la que, de forma inesperada, pocos prestan atención. Hay muchos consejos sobre este tema, pero pocos lo siguen correctamente. Podemos aprender lecciones importantes siguiendo la guía divina.
“Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios” (1 Corintios 10:31).
Esto incluye la administración financiera eficiente de la familia. Podemos comenzar a organizar nuestra vida financiera a través de algunos principios simples pero poderosos: comprender exactamente cuánto gana la familia cada mes, los gastos mensuales totales y cualquier deuda existente.
Glorificamos a Dios cuando elegimos recortar gastos innecesarios y evitar compras impulsivas. No todo lo que queremos es necesario, y el contenido hace toda la diferencia.
“ Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto.” (1 Timoteo 6:8).
Otra decisión importante es evitar la creación de nuevas deudas. “El prestatario es siervo del prestamista” (Proverbios 22:7). La deuda nos quita la libertad. Si hay deudas, la atención debe centrarse en pagarlas. Esto requiere disciplina y consistencia, sin rendirse en el camino.
“El impío toma prestado, y no paga” (Salmo 37:21).
Debemos recordar que todas las decisiones financieras deben honrar a Dios. Debemos buscar la sabiduría, mantener el equilibrio y actuar de manera responsable con lo que Dios nos ha confiado.
Incluso si la cantidad es pequeña, es importante comenzar a ahorrar de modo que no dependamos cuando lleguen los tiempos difíciles.
“Los pensamientos del diligente ciertamente tienden a la abundancia; más todo el que se apresura alocadamente, de cierto va a la pobreza.” (Proverbios 21:5).
Al final, el objetivo es vivir con más paz, menos presión y mayor con-ciencia, siendo fieles, organizados y agradecidos por lo que ya tenemos.
“Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones, a la que asimismo fuisteis llamados en un solo cuerpo; y sed agradecidos” (Colosenses 3:15).